viernes, 11 de abril de 2008

La Dulce Espera

Así se identifica este periodo que de dulce no tiene sino el nombre, (el cuerpo es una bomba química, uno se enferma de todo lo que no se había enfermado antes, las presiones sociales, las preguntas sin respuesta, los dilemas etc...) es precisamente por eso que antiguamente (y no estoy hablando de la prehistoria, tan solo de unos diez o veinte años atrás) la sociedad se esmeraba por hacerle creer a la embarazada aquello de la dulce espera: los puestos de los buses eran para nosotras y no cualquier puesto, uno decente, en el que el traqueteo del bus no se sintiera tanto, no se hacía cola en ninguna parte, ni en supermercados, ni en bancos y menos en empresas del Estado. Realmente había una preocupación o mejor, solidaridad para con aquellos que se encontraban en estado indefenso, cabían allí también los ancianos. Se esmeraba tanto que se iba al extremo de no dejarnos hacer absolutamente nada, convirtiéndonos en un parásito rechonchito y mimado, tanto que hubo que sacar una campaña educativa en la que el slogan era: Estoy embarazada, no enferma. Sin embargo, con nueva ley de educación, con acceso a tantas vías de información, con la civilización en la cabecera de la cama, cosas tan simples, como darle el puesto a una mujer embarazada en el bus, cosas de tanto valor han sido olvidadas y solo porque como no soy yo, o como no es a mí.
Para qué, me pregunto yo, contrataran a los vigilantes de los bancos, para qué se hacen al lado de la puerta, ¿sólo para vigilar? Y qué les costará abrir la puerta a una mujer que soporta en su panza unos 7 kilos más (cuando nos va bien), será que en ese preciso momento se le entrarán unos ladrones? y hay que ver la piedra que le da a la gente que está en la fila para la caja el que un ciudadano decente, un trabajador del mismo banco, un vigilante distinto, un hombre conciente de que lo parió una mujer, le diga a una que se haga adelante en el turno que sigue y lo más triste, las mujeres son las primeras en hacer la mala cara. El afán señoras y señores, el afán nos tiene convertidos en unas bestias (con perdón de las mismas), en unos entes sin corazón ni memoria.
Lo más chévere fue cuando tuve que ir al centro de pagos del Banco de Bogotá, a pagar la EPS, (la historia de la EPS será capítulo aparte), y había una fila de diez personas, alguna rebelde me sugirió vaya hágase adelante, pero delante de mí, quién lo creería, había como cinco viejitos de diversas contexturas, pero todos con la marca de la vejez en sus cuerpos, cómo iba yo a atropellar a alguien que seguramente viene siendo atropellado por todo el mundo, incluso parientes, (porque sino, qué iban a hacer los viejitos al banco, no hay una hija que se conduela, un nieto desocupado, un vecino solidario) en los últimos veinte años? Pero eso no es lo curioso de la historia, lo curioso es que el vigilante tenía un asiento, no lo estaba usando porque estaba obviamente ocupado requisando bolsos, entonces llega un señor de unos 35 años, viga él, dicharachero, que se pasmó cuando vio la cola y acto seguido le dijo a la chica rebelde que estaba atrás de mí, cuídame el puesto, muy cómodo él fue y se sentó. Después siguieron llegando los viejitos, y me imagino que será que el señor no tiene papás, ni pensará vivir mucho tiempo, no querrá llegar a viejo, que no se le condolió el cuerpo al ver a los ancianitos en la fila, aunque si el señor padece una enfermedad terminal o sufre de vértigo le ruego que me disculpe, sino le suplico que se meta a un gimnasio o que tome vitaminas y si no le alcanza la plata para comprarlas, pues que se alimente sanamente.
Hay que ver que algunas empresas que trabajan directamente con el consumidor y se precian en sus slogans de hacer hasta lo imposible por satisfacernos, carecen de un cursito de sensibilización para sus trabajadores, bueno y aquí no hay que generalizar porque no son todos sus empleados los que los hacen quedar como un #$”&%, pero sí deberían ser todos quienes hicieran quedar bien a la empresa, aquí va esta perla: Almacenes Éxito, días de precios especiales, su segundo aniversario en menos de cuatro meses, sábado, la congestión es fatal y en verdad puede resultarlo para un viejito, bien viejito al que le tiembla la mano y no puede coger fácilmente ni un paquetico de arepas, que sin animo de ofender, sino solo por exponer la indiferencia de algunos empleados de la sección droguería del Éxito San Fernando, usaba pañales. Pues bien yo estoy mamándome una fila larguita en dicha sección, comprándole los pañalitos a Antonia que ya había nacido, yo estaba sola así que pertenecía al vasto grupo de los fuertes, de los que podemos ir pisoteando derechos, entonces se acerca a la cajera, una impulsadora del mismo almacén con el viejito al lado, ella le llevaba la canasta que sólo tenía cuatro productos alimentarios que para cualquiera de nosotros no pesaba, pero para él seguramente era la evidencia de su vejez, imagino en sus años mozos cuánto no habrá podido cargar el señor y ahora la impulsadora era su caballito de carga, ella le pregunta a la cajera si él puede pagar sus cositas allí...qué espera uno, que ella diga que si y que le de el siguiente turno, pues no, le dijo que si podía pagar pero que tenía que hacer la fila, (otra que no pensará llegar a vieja) y empieza el vía crucis, ya dije yo que estaba haciendo una fila larguita, se imaginarán qué tanto tuvo que ir subiendo la niña con el viejito, para que sólo yo, únicamente yo, dejará que él tomará mi lugar... delante de mí no había como en el banco más ancianitos, no, había gente muy maciza, muy joven, pero muy apurada y muy cansada de hacer cola porque además, lenta la cajera. En fin, allí no termina el cuento. La fila avanza de una manera tan ilógica, el que no compra productos de la droguería debe ceder su turno al que sí, así, el efecto de espera es del doble y allí estamos, a punto de pagar, cuando llega alguien con productos de la droguería y la cara pálida de la cajera hace esperar al viejito un turno más, turno que dicho sea de paso sirvió para que con toda la dignidad del mundo él fuera sacando sus cositas una por una y poniéndolas en la caja, el temblor en sus manos era evidente, yo le ayudé a sacar el resto, y la cajera no tuvo ningún inconveniente en enojarse porque él le hizo una inocente pregunta ante tanta y tan absurda espera, puedo pagar aquí, y se regó esa señora...ay! suena cursi, hasta anticuado viniendo de una mujer de veintiocho años pero...¡Qué falta nos hace Carreño!
Bueno en fin, esperar si, tuve mucho que esperar en colas de bancos, de supermercados, para entrar a algunos lugares y la espera no fue dulce para nada, solo un lugar señoras y señores se salva y es una empresa del Estado, La DIAN, allí no tuve que hacer la cola para entrar, acostumbrada como estaba a los malos tratos, me ubique de una vez en el ultimo puesto de la fila y el funcionario de una me llamó y me hizo pasar a la sala de espera, bueno allí había asientos y no saben, los que no han estado en este estado, no pueden imaginarse lo feliz que pueden hacer a una mujer que tiene las hormonas alborotadas, para la que el gesto más pequeño se convierte en un motivo, para reír, para llorar, para sentirse orgullosa de llevar un ser humano en las entrañas, los que no han pasado por eso me tacharán de cursi (otra vez), pero es así, no estoy exagerando y ese gesto tan mínimo, tan justo me hizo volver a creer en el Estado, en la constitución y etc...por fortuna el embarazo sólo dura nueve meses.
Bueno y antes de cerrar ésta otra perlita de mi collar de angustias:
Siempre que fue posible, traté de no montarme en buses llenos, o en rutas que yo sabía, terminarían por llenarse justo cuando yo tuviera que bajarme, es solo que el afán, ese maldito afán a veces nos pone entre la espada y la pared: un día tuve que montarme en un bus que iba lleno, yo era la única de pie, y aunque nadie se dignó a darme el puesto eso no es lo que tengo para contarles, sino que alguien se paró y se bajó y en seguida se subió un hombre, y más me demoró yo en contarles esto que él en pasar por encima de mí y de mi pancita y sentarse, un patán, no merece otro calificativo, ni siquiera decir que se acabaron los caballeros, no mejor, él y solo él es suficiente para instaurar la patanería como forma de vida y aunque nadie fue capaz de cederme el puesto en un principio, su acto tan insolente y despiadado sirvió para que todos los demás pasajeros lo abuchearan y le dijeran de todo, ahí si se acordaron, ahí si se levantaron.
Es curioso como a veces necesitamos mirarnos en otros para ver claramente quiénes somos o en qué nos estamos convirtiendo. Es mi esperanza que estas pequeñas crónicas sean su espejo.